Es Marzo. He llegado hasta aquí. Voy a conocer el mar. Mis hijos quieren que vaya a la playa…que conozca donde veranean. He accedido de mala gana. Yo soy un soñador, y no creo que ver tanta gente junta me vaya a gustar.
Sagunto es un pueblo con pasado industrial e histórico. Ahora hay mucho turismo. Como imaginaba, es agotador y aburrido.
Y por eso he salido a caminar. He dejado la playa, he seguido dirección sur, he cruzado en puerto mercantil, y entre fabricas monstruosas, he salido por una antigua valla rota fuera del reciento industrial.
Esto me gusta más.
El polvoriento camino me acerca hasta unas ruinas. La costa aquí es agreste, parece de hierro que el mar hubiese escupido. Después me entero que así ha sido. La antigua metalurgia tiraba al mar sus residuos y trasformó esta playa en lo que es ahora, una costa donde es difícil hasta caminar.
A lo lejos veo una fortaleza y decido llegar hasta allí. Veo un cartel: Grau Vell. Pregunto a los abuelos que aún quedan sentados el algún poyato bajo una sobra. Me cuentan que es el antiguo puerto, y que la fortaleza era una aduana, donde se contralaban las mercancías que entraban en el país.
Esta medio abandonado, pero mantiene un encanto especial. Es un lugar sin prisas, donde el mar se oye, se huele y se ve. Las sensaciones que imaginaba viendo los cuadros de Sorolla, aquí las percibo.
Almuerzo con un grupo de ancianos y me lleno de sus historias y de sus risas. Regreso a casa satisfecho.
Mi pequeño pueblo castellano, sombrío, amuralladlo, gris y frio me acogerá en mi final, con la templanza de la gente de mi tierra. Pero habré conocido de verdad el Mar. La Mar
Mercedes.

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