A lo largo de 9 meses fui cobijada en mi nido.
En un mar de aguas somnolientas se cubrían todas mis
necesidades y mi supervivencia se hacía cada vez más benévola. Hasta que un día
y sin esperarlo cambió repentinamente mi estado y abrí mis ojos al mundo y vi y
percibí que todo era distinto, diferente, algo que debía de descubrir por mí
misma y comencé a abrir mis alas y volé por primera vez surcando los cielos y
sintiéndome libre comiéndome el mundo.
Cuando llegué a la inquieta edad de querer saberlo todo
comencé a tropezar y darme golpes contra el suelo y las paredes. Así fue que un
día y en cuatro patas empecé a dar mis primeros pasos cual cachorro de pura
raza y ladrar solicitando mis deseos.
Durante mi adolescencia seguía descubriendo cosas que ya no
eran ni menos importantes ni más transcendentales. Etapa de mi vida que
recuerdo con mucho cariño ya que descubría todo con esmero, perseverancia y
paciencia. Y de tanto en tanto demostrando mis enfados relinchaba para dar
saltos y trotar a través de verdes campos y frondosos árboles.
Ya en la adultez respiro otro aire. Tomándome las cosas con
más calma y tranquilidad, descubría día tras día que ya había recorrido la
mitad de mi vida y cual ciervo fisgoneando un sitio para descansar, meditaba
cual sería el final del camino.
Y así dando pasos inseguros llego a la vejez. Y ahora en
esta última etapa de mi vida la recorro de punta a punta con mis recuerdos y
aunque esté rodeada de mis seres queridos, me sentiré sola porque este último
tramo del camino y de la vida lo andaré como la majestuosidad de la elefanta
que dio todo por sus hijos y por su familia.
Patricia
Fazio.
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