martes, 27 de enero de 2015

Fábula: las edades contadas con animalicos

A lo largo de 9 meses fui cobijada en mi nido.
En un mar de aguas somnolientas se cubrían todas mis necesidades y mi supervivencia se hacía cada vez más benévola. Hasta que un día y sin esperarlo cambió repentinamente mi estado y abrí mis ojos al mundo y vi y percibí que todo era distinto, diferente, algo que debía de descubrir por mí misma y comencé a abrir mis alas y volé por primera vez surcando los cielos y sintiéndome libre comiéndome el mundo.
Cuando llegué a la inquieta edad de querer saberlo todo comencé a tropezar y darme golpes contra el suelo y las paredes. Así fue que un día y en cuatro patas empecé a dar mis primeros pasos cual cachorro de pura raza y ladrar solicitando mis deseos.
Durante mi adolescencia seguía descubriendo cosas que ya no eran ni menos importantes ni más transcendentales. Etapa de mi vida que recuerdo con mucho cariño ya que descubría todo con esmero, perseverancia y paciencia. Y de tanto en tanto demostrando mis enfados relinchaba para dar saltos y trotar a través de verdes campos y frondosos árboles.
Ya en la adultez respiro otro aire. Tomándome las cosas con más calma y tranquilidad, descubría día tras día que ya había recorrido la mitad de mi vida y cual ciervo fisgoneando un sitio para descansar, meditaba cual sería el final del camino.
Y así dando pasos inseguros llego a la vejez. Y ahora en esta última etapa de mi vida la recorro de punta a punta con mis recuerdos y aunque esté rodeada de mis seres queridos, me sentiré sola porque este último tramo del camino y de la vida lo andaré como la majestuosidad de la elefanta que dio todo por sus hijos y por su familia.

                                                                                        Patricia Fazio.


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