Sevilla
tuvo que ser testigo de nuestros encuentros furtivos, yo andaba por los
dieciocho, a ti te rondaban los veinte. Detrás de la celosía esperaba
impaciente cada tarde tu voz- a las ocho en el banquito verde, el que pega a la
fuente- allí estaré, ahora vete, que viene la tía Angustia.
Mis
pasos rápidos recorrían el barrio de Santa Cruz hasta la plaza de Doña Elvira,
casas blancas con molduras de albero escoltadas por hileras de naranjos, rejas
dibujadas por geranios multicolores, detrás se asomaba de puntillas las
Giralda, qué curiosa miraba cómo en el encuentro nos fundíamos en un abrazo.
Con
manos entrelazadas oíamos como un aplauso el salpicar de la fuente, envueltos
por el aroma de las interminables flores de la placeta y acariciados por la
brisa del Guadalquivir.
¡Qué emociones
a tropel!
En
nuestros largos paseos nos sorprendían parcelas repletas de rosas rojas,
blancas, amarillas, y en nuestras conversaciones ya casi anochecido cuando
empezaba a vivir la tenue luz de los farolillos, alimentábamos sueños que la
vida aun no corrompía. Un beso mudo ponía fin a las noches mágicas de aquel
verano en Sevilla.
Pero
terminaron las vacaciones y llegó la despedida, un último beso y un sobre
cerrado con la promesa de no abrirlo hasta la partida. Aquella mañana la tía
Angustia estaba más nerviosa que de costumbre- ¡ vamos niña, vamos, llegarás
tarde! ; con desgana subí al tren y una vez en marcha abrí aquel sobre para oír
nuevamente tu voz:
Quiero
llenar con tu lluvia
los
aljibes de mi espera
tu
lluvia llena de luna
tu
lluvia de luna llena.
¡Ay
barrio de Santa Cruz! ¡Ay plaza de Doña Elvira!, hoy os volví a visitar… y me
pareció mentira.
Ana María
Contreras.
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